El coronavirus arrasa, hay algunas razones para no perder el optimismo

El mundo está en guerra y el enemigo es invisible, silencioso y traicionero. El coronavirus tiene en vilo a todo el planeta; eso ya es una realidad trágica e instalada, que amenaza con empeorar. Sin embargo, entre tanto escenario dramático, surgen algunas razones para no perder el optimismo, O más bien oportunidades que el mundo no puede desaprovechar. Para la Argentina, una de esas oportunidades llega teñida de urgencia.

La Argentina, con ventaja para aprender de los exitosos

Hoy el país está en la misma situación en la que Italia España Francia estaban en la tercera semana de febrero o en la que estaban Corea del Sur Taiwán a comienzos de enero. Hay pocos casos y, por ahora, ninguno responde a contagios comunitarios o de transmisión local. Es decir, que tiene una ventaja de varias semanas para aprender de los caminos sanitarios que cada uno de esos países tomó, de las estrategias de prevención, contención y mitigación que eligió, de los recursos que empleó, de los comportamientos sociales que enfrentó y, fundamentalmente, de los resultados que obtuvo.

Lecciones tiene de sobra, de las buenas y de las malas. Pero lo que no tiene de sobra la Argentina es tiempo: su ventana de tiempo para actuar drásticamente para contener el virus y demorar el pico de contagios y muerte es pequeña y, como sucedió en Italia, puede cerrarse de repente.

Hasta el 20 de febrero, ese país tenía menos de cinco casos de coronavirus. El 23 de febrero el país se fue a dormir con 152. Hoy, 20 días después, tiene casi 12 veces más de infectados y cerca de 1300 muertos. Los especialistas creen que el virus estuvo dando vuelta por la península desde enero sin ser detectado y que, una vez identificado, el gobierno de Giuseppe Conte fue demasiado gradual en las medidas de combate necesarias y hasta muy indulgente en las restricciones aplicadas. La cuarentena, creen, llegó demasiado tarde, cuando la epidemia estaba acelerada ya. Esa crítica también le pega hoy al mandatario español, Pedro Sánchez.

Ese es uno de los primeros mensajes que llega desde Italia para el gobierno de Alberto Fernández, que subestimó al coronavirus en su etapa de prevención, pero está a tiempo de actuar con mayor firmeza y determinación en la contención y, eventualmente, en la mitigación.

Distanciamiento social, aislamiento obligatorio y vigilado, cuarentenas extendidas, tecnología de punta, transparencia informativa y testeo masivo son los ingredientes esenciales de las dos recetas de éxito contra el coronavirus hasta hoy: Taiwán y Corea del Sur.

Ambos previnieron y contuvieron con éxito. Corea del Sur realiza 20.000 testeos por día y tiene una app que deja saber a cada ciudadano la tasa de contagio del lugar donde está. Hoy el país, donde el coronavirus tiene una letalidad del 0,7% (baja) registró hoy más casos de curados que de infectados. Ya a principios de enero Taiwán, por su lado, puso toda su tecnología al servicio de la detección rápida y del aislamiento estricto (fue el primero en cortar todo lazo con China) con lo que contuvo el brote y hoy apenas tiene 49 contagiados y un muerto.

Claro que ambos tienen un antecedente del que aprendieron mucho: la epidemia de Sars, también originada en China, en 2002 y 2003, que dejó miles de infectados y decenas de muertos en los dos países. Taipei y Seúl rediseñaron, sobre la base de esa experiencia, su infraestructura de salud y de biotecnología.

La Argentina no tiene ni ese antecedente ni los recursos de Taiwán o Corea del Sur, que -por ejemplo- cuenta con 76 laboratorios de tests de coronavirus mientras que nuestro país solo emplea uno, el Malbrán. Pero bien puede aprender de la rapidez y de la determinación de ambos países para achatar la curva de contagios y preservar la capacidad de sus sistemas de salud de un desborde generalizado.

El negacionismo científico da un paso atrás

Sucedió en China, pasa en Italia y ocurrirá en muchas otras naciones. La trinchera de la guerra contra el coronavirus son las unidades de terapia intensiva, las guardias, los hospitales de campaña; los comandos de operaciones son las dependencias públicas guiadas por sanitaristas; los centros de inteligencia e investigaciones son los institutos donde se realizan los tests y los laboratorios donde se descifra el Covid-19 o donde se busca sin descanso una vacuna para derrotarlo.

Sin discusión, hasta ahora, los héroes de 2020 son los trabajadores de la salud -desde médicos, enfermeros, radiólogos, instrumentistas hasta funcionarios especializados en políticas sanitarias- y los científicos -desde biólogos, químicos, genetistas hasta doctores en tecnología-. Una bofetada para el creciente movimiento de negacionismo, personificado sobre todo por los antivacunas, pero también por quienes descreen del cambio científico.

El movimiento antivacunas está detrás del resurgir de algunas enfermedades como el sarampión, en la Argentina y otros países. Como si eso no fuera poco, ahora cree que una eventual vacuna contra el coronavirus no será más que una nueva forma de control social por parte de los Estados.

Más allá del golpe de legitimidad que la renovada confianza en la ciencia le da al negacionismo, tal vez la pandemia sirva además para replantear los sistemas de salud públicos y privados de todos los países, que hoy -ante su mayor desafío histórico- empiezan a mostrar sus grandes fisuras y debilidades.

¿Un antídoto a la polarización?

Si una vacuna puede llegar a ser la cura contra el coronavirus, este -pese a toda su carga de muerte y enfermedad- tal vez sea el antídoto para la polarización que divide a casi todos los países en el siglo XXI. Desde Emmanuel Macron y Alberto Fernández hasta Donald Trump y Giuseppe Conte, todos los jefes de gobierno y de Estado invocaron la unidad para enfrentar este actual enemigo silencioso y común a todas las sociedades.

Claro que esas palabras a veces suenan más como declaraciones de principios más que como verdades, porque las discusiones entre Conte, su gobierno y Matteo Salvini, en Italia; el enfrentamiento entre el PP y el PSOE, de Pedro Sánchez, en España; y los ataques de Trump a sus oponentes.

Pero dos datos permiten suponer que la lucha contra el virus es, en efecto, un antídoto eficaz contra la polarización. En Israel, Benjamin Netanyahu y el líder de la oposición, Benny Gantz, negocian un gobierno de unidad de emergencia para dejar las peleas de lado y poder enfocarse todos en la derrota de la amenaza sanitaria. Lo hacen después de enfrentarse tres elecciones generales en un año que, en un país partido, no arrojaron resultados ganadores claros.

Por otro lado, el Congreso norteamericano dejó atrás los odios que despertó el impeachment entre republicanos y demócratas para aprobar hace pocas horas un enorme paquete de estímulo y ayuda para combatir la pandemia.

La contaminación cae

En los dos primeros meses del año, la economía china se paralizó: sus calles se vaciaron, las fábricas se callaron, los aviones no despegaron, los comercios cerraron. El trabajo se concentró en los hospitales. En ese período, las emisiones de dióxido de carbono de China, uno de los países más contaminantes, se redujeron un 25%, según un estudio de Carbon Brief.

Hoy, obligada por una pandemia arrasadora, es toda la economía del mundo la que empieza a bajar los brazos, por lo que los especialistas creen que las emisiones totales caerán por primera vez desde el crac financiero de 2008.

La guerra contra el virus no es solo sanitaria, es también económica. El mundo no puede darse el lujo de una recesión como la de 2009. Es tan necesaria la victoria sanitaria como la económica; ambas son un problema de subsistencia. Pero sí puede aprender cómo el cambio de hábitos, por más forzado que sea, ayuda, en el largo plazo, a combatir al otro gran enemigo que tiene hoy la humanidad: el calentamiento global.

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