La doble vida de Brad Pitt

Entrevista exclusiva

Brad Pitt

En Había una vez… en Hollywood interpreta al doble de riesgo del actor que compone Leo DiCaprio en Los Ángeles, en 1969. Habló con Clarín de los pedidos del director, la frustración de los actores y cómo filmó la escena de pelea con Bruce Lee.

Es, junto a Leonardo DiCaprio, el protagonista de Había una vez… en Hollywood, quizá la película más esperada del año, por cinéfilos y fans. Y aunque en la trama su papel, el del doble de riesgo de un actor de TV en decadencia en el Los Ángeles de 1969 (DiCaprio), pueda parecer de menor relevancia, era el rol que quería interpretar el intérprete de Titanic.

Pitt llega demorado al encuentro con Clarín en el Hotel Carlton, en Cannes, donde la película de Quentin Tarantino tuvo su premier mundial -y en competencia por la Palma de Oro- en mayo. Llegar hasta el piso donde está la suite para la entrevista no es sencillo. Hay controles de seguridad y guardaespaldas por todo el piso. Y cuando nos piden el celular no es para quitárnoslo, sino para pegarle una cinta en la cámara.

Pitt está vestido casi como Cliff, su personaje en la película. Jean, remera debajo de una camisa arremangada, anteojos de sol, que se quitará -los lentes- cuando arranque la entrevista.

-Hablás maravillas de Leo. Esta película es sobre la amistad, y ustedes ahora se han hecho amigos. ¿Cómo fue que no filmaron antes ninguna película juntos?

-Tuve una orden de restricción durante 15 años, así que debimos esperar a que expirara (sonríe). Fue emocionante encontrarnos en el set, saber que íbamos a compartirlo, un deleite.

– ¿Fue éste un set divertido?

-No tenés idea de lo divertido que son lo sets de Tarantino. Por su amor por el cine, a veces terminábamos de hacer varias retomas, venía y nos decía a todos: “Vamos a hacer una toma más, aunque la tengamos hecha”. “¿Y por qué haremos otra vez la toma?”. Y todo el equipo gritaba “¡Porque amamos hacer películas!”. Y es que estamos con la misma vibra, y con ese amor por lo que estamos haciendo. ¡Ese es el espíritu! Quentin nos guía con su entusiasmo y amor a lo largo de todo el proceso. También le encanta sentarse para hablar sobre cine y televisión, de historias, de actores y cineastas de antes. Es un verdadero placer.

– ¿Te hizo falta pasar meses de ensayo, de preparación para situarte en el Hollywood de los ‘60?

(Se autopregunta y se rasca la barbilla de pocos días sin afeitar) -Bueno, no. Con Quentin también tenemos más o menos las mismas referencias, porque nos movemos en el mismo círculo.

-El año 1969 fue un punto de quiebre para Hollywood…

-… Y para los Estados Unidos.

-Pasaron cincuenta años. ¿Creés que estamos experimentando un punto de quiebre similar?

-En múltiples niveles, sí, y creo que hasta lo que cuenta la película es profético, en ese momento estaba cambiando la industria. Comenzaban a surgir estudios independientes, no sólo un trabajo amateur, se estrenaban películas como Bonnie & ClydeEasy Rider… En esa época el cine estaba cambiando, aparecían los Coppola, Scorsese, grandes personajes y grandes cosas. Y en ese momento también estábamos viviendo una transición, en medio de los asesinatos de la Familia Manson, el amor libre, la paz y la utopía, vimos aflorar cosas muy oscuras de la naturaleza humana, y rápidamente aparecieron las cámaras de seguridad, Vietnam y Nixon. Lo ves en los términos de hoy, y las cosas han cambiado mucho.

– ¿Y en cuanto a la industria del cine?

-Lo que se ve es que hay más directores independientes, y actores que están saltando a la primera plana. En el panorama actual te das cuenta de que el cine quedó reducido a grandes producciones que funcionan como eventos, pero también tenés el streaming, donde a la vez aparece gente talentosa que tiene la oportunidad de mostrarse.

-Quentin dice que “Había una vez… en Hollywood” es una carta de amor.

-Sí, a la industria que amamos, que odiamos y que también adoramos. Y a una ciudad, Los Ángeles, que amamos, odiamos y adoramos. Así nos fue más fácil adentrarnos en ella. E incluso el título, Había una vez… es en cierta forma un homenaje.

Pitt agarra la taza de café que su publicista acaban de acercarle con sus dos manos, no del asa, como aferrándose a ella. A lo sumo toma sorbos de café o se humedece los labios bebiendo directamente de una botellita de agua Evian. Habla pausado, pero no se toma tiempo para contestar.

– ¿Se puede decirle no a Quentin Tarantino? ¿Qué fue lo que más te atrajo del guion?

-Es que con él sabés que estás en buenas manos. Te tira discursos que te hubiera gustado decirlos vos, y que al día siguiente seguís pensando sobre ellos. Yo sentí que el guion era… Como una evolución de su voz. Esta película es original, pero también una evolución y una combinación de sus otras ocho películas.

-La relación del actor con su doble de riesgo está muy bien cimentada en la pantalla.

-Sí, yo tuve doble, pero no es lo mismo que como se planteaban y se daban antes las relaciones. En los ’60, los dobles pasaban más tiempo con los actores. Es reconfortante ver la relación entre un actor y su doble de riesgo. En esos tiempos, la relación era diferente, porque el director dependía de ellos como si fueran sus amigos. Y además hacerlo con Leo fue realmente genial y una oportunidad única. Todos crecimos con la tradición del actor principal y su doble. Hay historias épicas de esos dúos: Burt Reynolds tenía a Hal Needham, Steve McQueen a Bud Ekins, quien fue el que dio el famoso salto en El gran escape (se habla del filme en Había…). Tipos que fueron como socios durante años, décadas. Y es algo que ya no se da en nuestra generación. Vas como actor de una película a otra, y se cambia de especialista.

-También se toca el tema de la frustración del actor.

-Todos somos seres humanos, a excepción de algunos megalómanos que ahora mismo ostentan mucho poder (hace una pausa). Es innegable que existe una lucha, constante, entre las dudas que tenés vos y la aceptación de los otros. Pero es un gran error buscar un sentido en el resultado de lo que hacés: hay que darle un significado a tu vida cotidiana, cómo lo vas llevando día por día.

– ¿Y fue muy diferente rodar con Tarantino, a diez años de “Bastardos sin gloria”?

-Fue igual. Por el ambiente, por las conversaciones que mantenemos, muy divertidas. Hablamos el mismo idioma. Es un placer decir esos diálogos que escribe Quentin. Es por eso que todos los actores quieren trabajar con él. Hubo muchos actores conocidos que se ofrecieron para trabajar, aunque más no fuera una sola jornada.

– ¿Cómo te deja aportar cosas a tu interpretación? ¿Cómo es ese proceso?

-A él le interesa que, en una película como ésta, le sumes algo de tu propia experiencia. Recordé que cuando era chico me la pasaba en la casa de un amigo, que vivía cerca de un autocine, como Cliff en la película, y desde su jardín mirábamos gratis las películas. No escuchábamos nada. Sus guiones te desatan recuerdos, aparte de cómo te tira el personaje. Cliff está en paz consigo mismo. No pide más de lo que tiene.

-Así como hay una evolución en Hollywood, se mantienen otras constantes, como la inseguridad de conseguir un trabajo.

-La industria cambió mucho, del paso del cine mudo al sonoro, al color, la aparición de la televisión, los musicales, los grandes directores de los ’70. Y ahora tenemos el streaming. Hay un enorme cambio en cómo se hacen las películas. Los artistas pueden llevar sus guiones al cine, como no podrían haberlo hecho hace diez, quince años. Hay más oportunidades, pero hay un cine que está en peligro de extinción, como el de Quentin. Las generaciones nuevas se acostumbraron a algo rápido, inmediato, y el streaming, que funciona así -si algo no te agrada, lo dejás-, los refleja.

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