Por los siglos de los siglos, Nadal

Campeón de Roland Garros.

Si Rafael Nadal Parera hubiera nacido en la antigua Grecia, habría sido venerado a diario. Tendría levantadas varias estatuas en su honor. Y le discutiría el mando del monte Olimpo al mismísimo Zeus. En la actualidad, sólo Roger Federer se entromete en su camino por gobernar el tenis mundial con autoridad divina. Olvidada la tierra en la vida del suizo, el mallorquín se acercó un poco más al otro mundo ante Dominic Thiem, sumando su undécimo título en Roland Garros con otra final que quedará para la posteridad (6-4, 6-3 y 6-2) y confirmando su número uno mundial.

Si en sus últimos días decide donar su cuerpo a la ciencia, no sería de extrañar que en la autopsia emergiera de sus abdominales algún tipo de criatura al más puro estilo Alien, confirmando que Nadal es un extraterrestre. Porque si no es una divinidad, es un ser de otro mundo. Confirmada su superioridad sobre la tierra de batida de París, donde sigue engrandeciendo su leyenda firmando una gesta tras otra ante el asombro de un público entregado a su suerte.

Pasan los años para todos menos para Nadal, eterno en París

Mucho han cambiado las cosas desde aquella primera victoria a Mariano Puerta en 2005. Casi todo menos la efectividad de Nadal, que sigue siendo letal como confirmó un desesperado Thiem, intentando buscar consuelo una y otra vez en su palco. Pero no hay tregua cuando uno se enfrenta al balear, mucho menos sobre arcilla y aún menos en París, ciudad que debería rendirle un merecido homenaje. Torre Eiffel-Nadal, por ejemplo.

La presencia de Thiem al otro lado de la pista en la final suponía toda una amenaza para Nadal. El austríaco había deslumbrado con su poderoso tenis en este Roland Garros, cada vez más cerca de convertirse en un fuera de serie. Además, se quedará con el honor de haber sido el único tenista capaz de derrotar al de Manacor esta temporada sobre tierra batida. Su rotundo triunfo en los cuartos de final de Madrid le sirvió de aviso a Nadal.

Thiem había ganado a Nadal en Madrid, pero su poderoso juego acabó desarbolado en la Philippe Chatrier

No es extraño que al balear le cueste aterrizar en los partidos importantes. Como si padeciera algún tipo de jet lag. No sucedió así en la final, en la que comenzó agresivo e intimidando a Thiem, al que ya le rompió en su primer servicio. Había asegurado el austríaco que conocía las claves para hacer daño a Nadal, unas palabras muy a tener en cuenta en un jugador que ha sido capaz de ganarle hasta tres veces sobre arcilla. Pero nada de eso se reflejó sobre la Philippe Chatrier, que vibraba ante una gran batalla que parecía tener un ganador de antemano.

Los intercambios eran preciosos e intensos, pero Nadal parecía siempre tener el mando. Fue avanzando el set hasta el 5-4, en el que el mallorquín rompió en blanco el servicio de Thiem para anotarse la primera manga. El austríaco sufría el mismo déjà-vu que muchos de sus rivales, vaciándose para sumar cada punto pero que acababan cediendo en los momentos más decisivos.

No hubo cambios en el segundo set, en el que la iniciativa continúo siendo de Nadal desde el inicio. Thiem intentaba trabajarse muchos los puntos, restando muy cerca de la línea los saques del mallorquín e intentando abrir muchos ángulos con su servicio. Pero el austríaco tenía muchos problemas con su revés paralelo, con el que cometía muchos errores no forzados cuando tenía la oportunidad de sumar el punto.

El séptimo juego del segundo set fue el mejor de todo el partido. Con el servicio de Nadal, los dos tenistas se enfrascaron en unos intercambios preciosos, que hicieron las delicias del público parisino y de los muchos vips que había en la grada. El juego viajó, como no podía ser de otra manera, a Manacor en primera clase antes de situar el 6-3 definitivo en esta segunda manga.

Lo peor para los rivales de Nadal es que le sigue sin intuir límite sobre la tierra batida

No es Thiem de esos tenistas que se den por vencidos fácilmente, ni siquiera ante Nadal en Roland Garros. Su robustez física, literalmente a prueba de bombas, le seguían convirtiendo en una amenaza para la gesta de Nadal, otro que tampoco baja el pistón ni en los escenarios más favorables. Es su manera de respetar a los rivales.

Saltaron las alarmas al inicio del tercer y, a la postre, definitivo set cuando Nadal reclamó la presencia del fisio por un calambre en la mano. Una pequeña dosis más de épica para aliñar un nuevo triunfo en Roland Garros. Porque el 6-2 final no dejó lugar a dudas sobre quién había sido el mejor.

Once títulos en París contemplan ya a uno de los mejores deportistas de todos los tiempos, una etiqueta ya indiscutible ante sus gestas. La leyenda de Nadal es cada vez más grande y sigue sin parecer tener fin. Al menos en París, donde el mallorquín pasea con tanta comodidad como lo hace en su salón de casa en Manacor. Eterno como ninguno. Por los siglos de los siglos, su nombre será recordado: Rafa Nadal.

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