Tercera desde que Mauricio Macri es presidente

La huelga activada hoy por la CGT, la tercera desde que Mauricio Macri es presidente, no será una nota al pie en el historial de las medidas sindicales contemporáneas.

Es sin dudas el primer paro general desde la crisis de 2001 que logró la adhesión de casi todo el abanico gremial y que sirvió como válvula de escape para que sectores sociales no sindicalizados expresen también su descontento.

La contundencia de la protesta, sin embargo, no allana el horizonte ni vislumbra una solución en el corto plazo. “Y después del paro, ¿qué?”, se preguntan ahora funcionarios y sindicalistas.

Desde el Gobierno, asumen que no hay demasiado margen para correrse de la hoja de ruta del ajuste y el reordenamiento, más aún después de la crisis cambiaria que generó una fuerte devaluación y descontroló las metas de inflación. Habrá apenas algunas señales para los gremios que acepten el nuevo contexto: se avalaría la reapertura de las paritarias, se pondrá en marcha un reparto de los fondos de las obras sociales cada vez más discrecional, como en los tiempos de Cristina Kirchner, y se impulsarán mesas sectoriales con beneficios para las actividades que fortalezcan el músculo productivo. Los pactos sectoriales sirven como atajo para reducir costos laborales y agiornar convenios colectivos, como sucedió con los gremios petroleros y el de los lecheros de Atilra.

Macri siempre tuvo en cuenta el poder sindical. Por eso, una de sus primeras acciones, en 2016, fue congeniar con los gremios una ambiciosa política pública de salud con los fondos de las obras sociales. Utilizó una de sus balas de plata para pasar sin sobresaltos su primer año de gestión. Fueron tiempos tirantes, pero la sangre no llegó aquella vez al río. El Presidente se reunió con ellos (priorizó en un comienzo del mandato a Hugo Moyano y Luis Barrionuevo), les pidió paciencia y les prometió que los beneficios del crecimiento alcanzarían a todos. Espejismo de nostalgia: ese tiempo nunca llegó, coinciden hoy dirigentes sindicales de diferentes tribus.

En los gremios se preguntan ahora si el camino podría volverse más sinuoso. Dante Sinca, el flamante ministro de la Producción, ya les advirtió: se viene un semestre con recesión. La CGT propondrá en el cara a cara con el Gobierno una agenda urgente de tres ejes: proteger el empleo, el salario y la industria nacional. ¿Tomará nota Macri? “Ojalá que sí, no pueden tener únicamente en el horizonte reducir el déficit fiscal”, dicen en el triunvirato cegetista.

Como no sucedía desde 2001, tras el ajuste de Fernando de la Rúa a las jubilaciones y estatales, la huelga tuvo un efecto ordenador del rompecabezas sindical. No es un dato fugaz y aislado cuando faltan menos de dos meses para el recambio de autoridades en la CGT, con diversos grupos ya anotados en la pelea.

Los sindicalistas menos convencidos de avanzar con el paro se vieron obligados a poner la guardia en alto presionados por las bases y la reacción de otros pares, como Moyano y las CTA. Pero también hostigados por la amenaza latente de la izquierda, que se muestra al acecho para capitalizar en las calles y en las fábricas las dudas del sindicalismo peronista.

Así, hubo dirigentes de varias décadas en el poder que salieron un instante de su círculo de cristal para arremangarse y sumarse a la pulseada. Sintieron que no les quedaba más remedio. El mercantil Armando Cavalieri ve caer preocupado el empleo en las grandes cadenas de supermercados; el estatal Andrés Rodríguez describe a cada rato la angustia de sentir la sombra del recorte en la espalda, y el jefe de la Uocra advierte de una posible pérdida de 40.000 puestos de trabajo por la parálisis de la obra pública. Son apenas tres ejemplos. Hay más.

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